De tristezas e Historia

Marco Chomón relata la turbia historia de Jerry Sandusky en Penn State

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Jerry Sandusky, directo a prisión

Hay historias que indefectiblemente, de principio a fin y en cada una de sus ramificaciones, están impregnadas de la más absoluta tristeza. Acostumbran a tener una componente común: la pérdida de una apariencia a cambio de una realidad, es decir, la desilusión. El caso Sandusky, que ha desembocado en el desmantelamiento de facto del programa de fútbol americano de Penn State, es una de esas historias a las que me refiero.

Happy Valley tenía esa grandeur inherente a las universidades tradicionales, que en la Big 10 se ha ido transmitiendo de las instituciones que la componen a la propia conferencia. Era un gran programa, en el ocaso de uno de los mejores entrenadores de la historia, que ha sido referencia durante años no sólo desde el punto de vista deportivo, sino ético. Por eso toda esta historia que empezó a desmarañarse en noviembre del año pasado resulta tan descorazonadora.

Hoy se han conocido las sanciones aplicadas a la universidad de Penn State, que afectan tanto a su pasado como a su futuro. Todas las victorias y títulos de la universidad desde 1998 han sido declarados inválidos, la universidad tendrá 20 becas menos durante las 4 próximas temporadas, periodo durante el que no podrán tampoco participar en ninguna bowl. Los jugadores del programa podrán solicitar un traslado sin perder un año de elegibilidad, y adicionalmente, la universidad tiene que hacer frente a un pago de 60 millones de dólares. Todo esto por las perversas acciones de Jerry Sandusky. Pero ¿quién es este tipo?

En un régimen tan personalista como el que se vivía bajo Paterno es difícil concebir que hubiese algún otro entrenador que sobresaliese a la esfera pública. Y sin embargo, fue así. Jerry Sandusky formó parte del staff de Penn State de manera ininterrumpida desde 1969 hasta 1999, en el papel de coordinador defensivo desde 1977. Durante esa época fue considerado uno de los mejores entrenadores asistentes de la liga, y le ofrecieron el puesto de head coach en innumerables universidades. Fue distinguido como mejor entrenador asistente del año en dos ocasiones: 1986 y 1999, coincidiendo con su retirada.

Una brillante historia podrida por dentro. Jerry Sandusky ha sido recientemente condenado por 45 delitos relacionados con el abuso sexual de menores. La alarma comenzó a sonar en 1998, cuando una investigación liderada por el fiscal del distrito Ray Gricar no encontró suficientes indicios para ejercer la acusación contra él por abuso de menores. Merece la pena que nos detengamos brevemente este punto. Escuchas policiales grabaron una conversación entre la madre de una víctima de abusos de Sandusky y este último, donde admitía que se había duchado con su hijo, y que también lo había hecho con otros chicos anteriormente.

¿Cómo con semejante admisión de culpa Gricar decidió no formular ninguna acusación sobre Sandusky? Sólo podemos hacer suposiciones, ya que la verdad probablemente nunca se conozca. Ray Gricar fue declarado legalmente muerto el 25 de Julio de 2011 tras desaparecer sin dejar rastro en 2005. Sólo otra de las abundantes y oscuras sombras que se proyectan sobre esta sórdida historia.

Una imagen de Joe Paterno en un partido de Penn State
Una imagen de Joe Paterno en un partido de Penn State

Sin embargo, las sanciones que la NCAA impone sobre Penn State se remontan precisamente a 1998. Se me plantea la primera pregunta. ¿Tiene una universidad la obligación de suponer culpable a un miembro de su equipo deportivo cuando un fiscal del estado no considera ni siquiera probable que cometiese delito alguno? Como poco, la base sobre la que se asienta esta parte de la sanción es cuestionable.

En rigor a la verdad, no es cierto que la universidad no tomase ninguna medida posterior a la investigación. Sandusky se retiró en 1999 como entrenador emérito. Penn State también es acusada de proporcionar a su entrenador un retiro dorado, con una cuantiosa compensación económica y el estatus de entrenador emérito. Los documentos legales del caso hacen referencia a que la universidad “permitía así el acceso de Sandusky a las instalaciones deportivas de Penn State, privilegio que éste utilizaba para atraer a sus potenciales víctimas”. Es decir, prácticamente una acusación de colaboración necesaria.

Es delirante siquiera sugerir que las autoridades de Penn State otorgaron esos privilegios a Sandusky para que pudiese seguir con sus despreciables actos en el campus. En ese momento Sandusky era un entrenador de prestigio, con 30 años de servicio en la universidad. Se había formulado una denuncia por acciones terribles contra él, pero nunca se presentaron cargos. ¿Qué otro tratamiento podía darle la universidad?

Desde entonces y hasta 2002 Sandusky se dedica a su fundación, “The Second Mile”, que bajo el pretexto de ayudar a niños en situaciones de pobreza o exclusión, era en realidad la manera en la que Sandusky tenía acceso a todas sus víctimas. En el mes de marzo el pederasta es sorprendido en el edificio Lasch abusando de un menor de 10 años por un entrenador asistente, Mike McQueary. McQueary, que permaneció en el equipo hasta que tuvo que abandonarlo a raíz del caso por amenazas de muerte, informó inmediatamente a Joe Paterno sobre el abuso del que había sido testigo. Ambos entrenadores informaron inmediatamente a su superior, el director deportivo Tim Curley, cumpliendo de esta  manera su obligación legal.

La universidad destituyó en los días posteriores al arresto de Sandusky a Joe Paterno como entrenador,  el director deportivo Timothy Curley y el vicepresidente económico Gary Schultz han abandonado sus cargos y el presidente de la universidad Graham Spanier dimitió ante la expectativa de ser despedido. Si todas las personas en puestos de responsabilidad mientras Sandusky abusaba de niños han sido apartadas de la universidad, ¿a qué responde esta crudeza en la sanción?

Tanto Curley como Schultz sí tenían la obligación legal de informar a la policía sobre las aberrantes acciones de Sandusky. Al no hacerlo, han sido procesados por perjurio y ocultación de delito. Las sanciones aplicadas por la NCAA se centran sobre Penn State, puesto que según se afirma en el informe Freeh, “la ocultación de estos delitos y la falta de acción suficiente para impedir el abuso de menores tuvieron lugar con el objetivo de evitar crear un estado de opinión que afectase negativamente a la universidad”.

En su informe de 9 páginas publicado junto a las sanciones, la NCAA reconoce que “la universidad ha cooperado activamente durante todo el proceso, tanto con la NCAA como con las autoridades judiciales, encargando incluso una investigación independiente que resultó en el informe Freeh, sobre la que se basa esta resolución”. En virtud a esta colaboración, decide no imponer la conocida como “pena de muerte” (anulación del programa deportivo durante una serie de años) sino imponer una serie de sanciones parciales que, en rigor, van a tener el mismo efecto.

Hablaba ayer con un amigo a raíz de todo esto, antes de que saliesen a la luz las sanciones de la NCAA. Me venía a la memoria el añorado Indro Montanelli, que fue criticado sin piedad por su obra “Historia de Roma” en la que hablaba sin demasiados ambages de la dimensión más humana de figuras como César, Craso, o Cicerón. Decía ya en el prólogo, y pido disculpas por la cita, lo siguiente:

(…)El hecho de que muchos de ellos hayan cometido errores y que todos indistintamente hubiesen estado tentados de cometerlos, no quita nada a su santidad. Al contrario. Jesucristo hizo un apóstol de San Pedro, que habla renegado de Él.

Lo que hace grande la Historia de Roma no es que haya sido hecha por hombres diferentes a nosotros, sino que haya sido hecha por hombres como nosotros. Ellos no tenían nada de sobrenatural, pues si lo hubiesen tenido nos faltarían razones para admirarles.

Lo dijo el maestro Montanelli y yo lo suscribo punto por punto. La historia de Roma fue protagonizada por hombres, imperfectos, temerosos a veces, erráticos. César era un canalla de joven, y se avergonzaba de su calvicie. Augusto tenía colitis y estuvo a punto de perder una batalla por un ataque de diarrea. Y Joe Paterno no hizo todo lo que estaba en su mano por impedir que su antiguo asistente abusase de menores. No por ello eliminamos de los libros de historia el sitio de Alesia, ni buscamos un nuevo nombre para el mes de agosto que pronto llegará.

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