No fueron perros y el tren pasó

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Ya han pasado varios días tras la resaca del “Game of The Century” y como era de esperar, el encuentro no defraudó ni lo más mínimo, pero también nos dejaría varias incógnitas por despejar en el aire. La principal pregunta que se formulan varios campus de América es sí después de lo visto en Tuscaloosa este pasado sábado, ‘Bama merece que eventualmente el encuentro se repita en New Orleans ante la probable imposibilidad de competir por la división Oeste y en consecuencia, la conferencia SEC. Los Crimson Tide viven su particular vía crucis, después de caer en la prórroga con un field-goal ante los Bayou Bengals y hay quien cree que su oportunidad definitivamente pasó a mejor vida.

 

Sin embargo, el ranking BCS se niega a eliminar a Alabama de la carrera por el Coaches’ Trophy, mientras otras instituciones como Stanford o Boise State muestran su absoluta resignación después de sobrevivir imbatidos a estas alturas de la temporada. Los ordenadores continúan declarando amor incondicional a los Crimson Tide tras asignarles un 90% de la máxima puntuación como la tercera mejor marca del Top25, mientras que los humanos coinciden en que solamente Stanford o Oklahoma State superan en la tabla a Alabama (87,9% Harris Interactive y 87,2 USA Today). Mientras que Stanford recibe esta semana a Oregon (#7) en Palo Alto y Oklahoma State todavía debe jugar el Bedlam Trophy ante Oklahoma (#6) en Stillwater en la última semana, Boise State es la gran damnificada de la ligera caída de Alabama, mostrándose absolutamente irrelevante para los humanos (#5 consensuado en ambas polls). Pero con los Broncos es la película de siempre; su pobre calendario.

 

Cierto es que muchos aficionados de Alabama argumentan que es injusto que su equipo se vea irreversiblemente eliminado de la carrera por el Crystal-Ball, después de caer en la prórroga ante el #1 con un field-goal tras una auténtica batalla (sólo hay que ver el parte médico de ambos este semana), mientras que su defensa continúa insultantemente liderando todos los registros del país con 62,4 yardas de diferencia de promedio con Michigan State o 69,2 con la propia LSU, números 2 y 3 respectivamente en el ranking defensivo de yardas totales permitidas. Además, su defensa lidera la nación en yardas de pase (48.46% de completaciones y un promedio de 130.67 yardas), en juego terrestre (56.33 yardas, 22,45 de diferencia con el #2 LSU) o en anotaciones, con 7,1 puntos por partido o lo que es lo mismo, un touchdown por encuentro.

 

Y no, no será ésta propaganda pro Crimson & White.

 

Aunque sea de sobra conocida mi pronunciada inclinación como aficionado de Alabama, intentando abstraerme de mis colores, lo cierto es que sus aficionados tienen razón (esta derrota nada tiene que ver con la de Oklahoma en Norman ante toda una «unranked» como Texas Tech), sin embargo, pocos ciertamente llegan a comprender la oportunidad que el programa dejó pasar este pasado sábado.

 

Con el máximo respeto a LSU y a su excelente capacidad para competir como #1 después de sobrevivir al infierno de T-town, se puede decir que por primera vez en mucho tiempo, Alabama fracasaría especialmente en la gestión desde la banda, en concentración y en ejecución. Nadie puede discutir el carácter competitivo de los hombres carmesí, pero sí que me parecen bastante criticables el game-plan (ofensivo) y las decisiones desde la banda en instantes críticos. Alabama no cayó por una acción decisiva o aislada como podría comprenderse, sino por un cúmulo de errores de concentración y pobres decisiones. Ciertamente, ‘Bama perdió su tren y personalmente, fue una decepción.

 

Como acérrimo seguidor de la Universidad de Alabama, un servidor lleva sufriendo en sus carnes este miserable “kicking-game” desde hace ya mucho tiempo. Ya apunté en su momento que ‘Bama continúa fracasando en su intento por reclutar kickers competentes y en este encuentro la carencia fue mucho más evidente. Cade Foster demostró porque personalmente le considero un auténtico «recruiting-bust». De todos modos, no toda la culpa es única y exclusivamente de su teórica «larga» pierna. Sus intentos errados fueron especialmente en un rango profundo de 44, 50 y 52 yardas, mientras que milagrosamente, convertiría uno de 46.

 

Teniendo en cuenta su pobre bagaje en la presente temporada dentro de este rango (solo anotó uno por encima de las 40 yardas ante Tennessee) y el dominante trabajo de su defensa (con habituales situaciones desfavorables), el game-plan ante este escenario simplemente debió ser otro. Incluso si la distancia no alcanzaba el rango corto, donde habitualmente el PK Jeremy Shelley es bastante efectivo, Alabama sencillamente debió buscar la posición de campo con su punter Cody Mandell, dejar a su dominante defensa realizar jugadas y proporcionar a su ataque mejores posiciones de campo.

 

Pero especialmente pobre fue la decisión del coaching-staff de mandar a Jeremy Shelley a intentar un ridículo field-goal de 49 yardas, cuando su radio de acción se encuentra dentro de las 30-35. Tan ridícula fue la decisión que incluso no cabía posibilidad al trickery ¿Ahora entienden porque me pareció tan obvió el trick-play ante Arkansas ante el lejano intento de Cade Foster? El resultado fue un sencillo bloqueo del intento por parte de la línea defensiva de los Bayou Bengals, recuperado en el aire por el safety Eric Reid y donde incluso Alabama se vio muy afortunada de que la acción no resultara retornada para touchdown.

 

Quienes seguisteis las actualizaciones previas al partido desde el blog de aficionados FiebreTider, donde un servidor repasó su particular definición de «equipo perro», divulgado en la última década por los Bayou Bengals, comprenderéis que ‘Bama no actúo como tal, en cambio, sí lo haría LSU. La propia filosofía de Nick Saban actuó como su propia medicina.

 

No es tampoco de recibo comprender como el coordinador ofensivo Jim McElwain decidió abandonar durante instantes la figura del probablemente mayor talento en la posición de runningback en toda la historia del programa, como es Trent Richardson (tan sólo 23 intentos). Siempre que ‘Bama se adentró cerca de la redzone de los Tigers, su carga fue reducida en contraposición a la de un novato AJ McCarron, que el sábado lució como tal después de ser incapaz de gestionar con autoridad el ataque. Algo que ciertamente tampoco debería de sorprender a nadie. McCarron se mostró erróneo, poco brillante en sus lecturas e incapaz de comprender la importancia de la posición de campo. Muchos fans recordarán su pobre lanzamiento en el wheel-route sobre Richardson en la prórroga o su pobre decisión en el lanzamiento interceptado por el fantástico CB Morris Claiborne.

 

Las dos (de tres) penalizaciones por infracción en la sustitución (12 hombre en el huddle) en instantes claves junto a la redzone de los Tigers, son también impropios de un «equipo perro», como lo fue el innecesario block-in-the-back de Josh Chapman en la intercepción retornada por Mark Barron hasta la yarda 1 o los diferentes errores de ejecución. El ejemplo más claro ocurriría después de un poderoso big-play de 24 yardas terrestres de Trent Richardson con empate en el marcador en el último cuarto. Dentro de la yarda 30 de LSU y con un nuevo set de downs a su completa disposición, McElwain desaprovechó el momentum de su estrella y decidió «sorprender» a su oponente con un trickery. La acción fue mal ejecutada, hasta el punto que LSU reconocería una jugada que ya disfrutó de éxito la anterior temporada ante Florida. El wide-out Marquise Maze lanzó un balón no demasiado limpio y retrasado sobre un aparentemente abierto TE Michael Williams, sin embargo, Eric Reid reaccionó con brillantez (tal vez reconoció el patrón) y sorprendentemente ganaría el «jump-ball» a un jugador de envergadura 6-7. Probablemente esta acción represente la supervivencia de LSU en Tuscaloosa.

 

Más tarde llegó el famoso cable de la sky-cam que según Maze le confundió en un punt decisivo de 73 yardas del punter Brad Wing y tras el tres-y-fuera de la defensa de ‘Bama en el turnover de Reid. Según la versión del canal CBS, no existieron imágenes donde la cámara mostrara la propia imagen alterada tras el impacto, pero el verdadero caso es que el coaching-staff decidió enviar a un “tocado” Maze al intento de retorno y su limitación se vio palpable en una acción que costaría 30 yardas. Sin ir más lejos, el novato Christion Jones se encargaría del siguiente punt.

 

Por contra, la defensa de Alabama volvió a impartir un nuevo clinic al nivel de una unidad repleta de brutal talento y cuyo inmenso potencial podría verse privado de competir por un campeonato nacional. Jarret Lee fue devuelto a la realidad con 2 intercepciones y una noche miserable, Spencer Ware fue literalmente anulado con 30 yardas terrestres, como así fue Reuben Randle, una simple caricatura de su estelar temporada, mientras que DeAngelo Peterson sencillamente ni existió, a pesar de su “rajada” previa al partido.

 

LSU solamente encontró cierto éxito con la Option entre Jordan Jefferson y Michael Ford (hasta que el LB Dont’a Hightower y sus séquitos la abortaron), además de varios scrambles aislados de Jefferson tras acciones rotas en coberturas hombre-a-hombre, pero la actuación de este grupo fue la auténtica llave al éxito de Alabama con una gestión más inteligente y eficaz, ofensivamente.

 

Con toda mi colección de críticas al game-plan de Alabama, muchos podéis entender que esto simplemente es el resultado de un fanático frustrado, y no seré yo quien quite mérito a la victoria de los Bayou Bengals, ni mucho menos. LSU demostró en la noche del sábado que su coaching-staff fue más experimentado, paciente; el Mad-Hatter no necesitó sacar su sombrero y en realidad su defensa tampoco es ninguna broma, donde especialmente su secundaria tiene capacidad y peligro para mantenerse constantemente alrededor del balón. Por eso, incluso ni comprendo como ‘Bama no se planteó la No-Huddle-Offense para evitar la rotación en su línea defensiva y “taladrar” con Trent Richardson, pero simplemente el evento superó al decepcionante planteamiento de Alabama y los pupilos de Nick Saban cavaron su propia tumba. No fueron un “equipo perro” y aunque para los fans de Alabama sea frustrante, no hay motivo para que esta oportunidad vuelva a repetirse.

 

La triste caída del León que reinó Pennsylvania

 

Siempre visioné el momento exacto en el que tuviera que dedicar una columna para despedir al entrañable head-coach Joe Paterno. Con 84 años de edad y más de 60 años de servicio en State College, estaba claro que ese especial momento llegaría tarde o temprano. Lo tenía todo pensado; Dedicaría especial atención a su generosa herencia en la comunidad de Happy Valley, a sus interminables donaciones a la institución de su propio bolsillo (hasta 7 millones de dólares), a la constante ayuda a los jóvenes con asociaciones de caridad, la construcción de inmuebles en el campus, como una Biblioteca con más de 13 millones de recaudación de fondos, o su excelente trabajo en la graduación de sus estudiantes-atletas como el mejor programa de football entre las principales powerhouses del país (un ratio del 75% de sus jugadores abandonaría la universidad como graduados, un 89% el año pasado).

 

En resumen, aquella ideal columna acentuaría como desde su llegada en los años 50 tras graduarse en Brown, Penn State conseguiría fusionarse con su figura hasta el punto que nadie en el área de Happy Valley entendía la universidad sin la imagen de JoePa. El mismo individuo que había conseguido construir el carácter, la personalidad e imagen de la universidad convirtiendo ambos en sinónimos. Una institución que había pasado de tener un modesto estadio de 30.000 espectadores, a recibir cada semana a casi 110.000. Una institución que ganaría dos campeonatos consensuados durante su legado (1982 y 1986), el cual dejaría un total de 409 victorias (récord histórico de la NCAA), el mayor número de victorias en bowls con 24 (el único en la historia que ganaría las 5 Majors) o un total de 5 temporadas imbatidas, por citar alguno de sus logros más destacados.

 

También habría espacio para describir sus interminables aportaciones morales, su célebre eslogan de Éxito con Honor, sus constantes desafíos a sus jugadores, a quienes trataba como hijos, buscando que sus éxitos académicos estuvieran relacionados con aquellos en los terrenos de juego. Su compromiso en la aportación de valores y principios a sus jóvenes era una auténtica dedicación tanto como entrenar y dirigir desde la banda. Su imagen había transcendido la de un simple entrenador. Paterno era el hombre más importante del estado de Pennsylvania.

 

Sinceramente, me hubiera gustado reservar todas estas líneas a un análisis profundo, detallado y puramente deportivo de la presente semana, pero perdónenme, no consigo quitarme esta pesadilla de la cabeza. Una pesadilla que ha conseguido que aquella columna que siempre visualicé, se destruyera en apenas días. Un legado único de más de 60 años destrozado en varias horas. Una leyenda y un auténtico ídolo, asesinados.

 

Nunca pensé que ni en el peor de mis sueños, mi columna acabara subrayarando algo así, pero ayer por la noche el Board of Trustees de la institución despidió a Joe Paterno como entrenador de la Universidad de Penn State, y sinceramente, no siento piedad alguna ante la decisión. Antes, Paterno se preocuparía de salvaguardar su legado anunciando su retirada al final de la temporada.

 

Desde que en el 2002 el asistente graduado Mike McQueary informara como testigo a Paterno de la repugnante acción que había presenciado del monstruo (su antiguo coordinador Jerry Sandusky) en las propias instalaciones de la universidad, Paterno solamente delegó e informó del turbio incidente a su director atlético, el señor Tim Curley y a su vicepresidente de finanzas y negocios, el señor Gary Schultz, quienes a su vez notificaron de este delito al presidente de la universidad, el señor Graham Spanier.

 

Desde entonces, nadie informó de nada a la policía ni se tomó ninguna acción para detener al ogro de Sandusky, hasta que este monstruo se sinceró en un ataque de pánico con una de las madres afectadas.

 

Jerry Sandusky, de 67 años, asistente de Paterno durante 33 años, sería arrestado el pasado sábado acusado de abusar sexualmente de al menos ocho menores entre 1994 y 2009. Gary Schultz está imputado por perjurio y no informar de los incidentes a las autoridades, mientras que Graham Spanier sería fulminado de su puesto como presidente de la institución después de 16 años de éxito al cargo.

 

La decisión de despedir a Paterno caería como una auténtica tormenta en el campus en el mayor escándalo de la historia de college y ayer por la noche se desarrollaron multitud de disturbios y enérgicas protestar en torno a esta decisión, pero lo único que consiguieron los estudiantes y fanáticos con su actitud es hurgar más en la herida de unos niños y familiares sacudidos por esta desgracia. No interesa la posición, ni las victorias o el legado de Paterno, sino proteger y defender a todas estas victimas.

 

Paterno era el hombre más poderoso del estado de Pennsylvania y ante el silencio de la administración, no hizo absolutamente nada. No hablamos de apretones de manos con fajos de billetes, ni pagos por jugar, regalos o fraudes en recruiting, estamos ante uno de los delitos más indecentes que se puedan cometer, como es el abuso sexual de niños indefensos e inocentes. Fue consciente de la situación, sin embargo, se siguió permitiendo el acceso de Sandusky a las instalaciones de la universidad.

 

De momento, el nombre de Paterno no figura como objetivo de la investigación, pero no tiene sentido alguno que un señor que permitió estos incidentes tan graves dentro de su programa, continúe ni un minuto más dirigiendo a Penn State.

 

También espero que en las próximas horas tampoco continúen ni McQueary (quien sorprendentemente apunta que dirigirá a los ‘Lions esta semana en el importante duelo ante Nebraska) o el señor Tim Curley, con cargos de perjurio.

 

Penn State debe acabar con todos aquellos que protegieron al monstruo con su silencio, levantar las alfombras y permitir que la ley actúe en consecuencia.

 

Penn State debe salvaguardar la integridad de la institución, no la de sus individuos. El también célebre lema de We are Penn State debe mantenerse intacto.

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Israel Llata es natural de Maliaño, una localidad de Santander (Cantabria). Ingeniero informático de profesión y aficionado al fútbol americano desde mediados de los años 90, asombrado por la habilidad atlética del quarterback Steve Young y aquellos exitosos 49ers. En los últimos tiempos centraría su mirada sobre un desconocido pero excitante college football, destapando su corazón como entusiasta aficionado de Alabama, una institución a la que rinde culto. Analiza en su columna semanal la jornada universitaria desde 2007. @israel_lata