Y entonces el college vino a nosotros…

1727

Todavía recuerdo aquel verano del 2005 donde cansado de no tener acceso absolutamente a nada relacionado con college football, me aventuré a pedir por correo a Pontel.com el DVD de la Rose Bowl entre la Michigan de Braylon Edwards y un entonces true-freshman Chad Henne, y los Longhorns de Cedric Benson y Derrick Johnson. Después de haber oído maravillas de aquel partido de año nuevo, mí necesidad por absorber conocimientos del negocio experimentó un boom aún más frenético tras comprobar de primera mano en que consistía eso que en América hacían llamar college football.

 

De todos modos, creo que tampoco es el momento de detallaros como personalmente me adentré en este mundo, ni como me pasé varios años siguiendo la competición por el tracker de la CBS, streams con irritantes y fastidiosos pixelados o buceando la red en busca de DivX de los encuentros, incluso varios días después de que estos finalizaran. Tal vez alguien recuerde aquella comunidad australiana que entonces se hacia llamar AussieTorrents (el embrión de lo que ahora conocemos como TYT) y que en alguna remota ocasión incluso se aventuraban con enlazar algún partido importante de la liga regular o incluso algunas de las bowls más revelantes de Enero.

 

 

Pero tampoco os engañaré, esta sin duda es la principal razón de que no dudará ni un instante en organizarme con mi compañero y auténtico fan de los Fighting Irish, Josu Arrieta (a quien aprovecho desde aquí para agradecerle enormemente su dedicación y esmero en conseguirme las entradas y ayudarme con la organización), y conseguir así billetes cuando tal significante oportunidad se nos manifestara.

 

Es algo que tenía marcado en rojo como prioritario en mi calendario personal desde el mismo día (hace exactamente dos años) que ambas instituciones, la academia militar de Navy y la propia Universidad de Notre Dame, anunciaran este clásico de la isla Esmeralda en la ciudad irlandesa de Dublín. Con las conexiones aéreas de low-cost que disponemos estos días sobre cualquier principal capital europea, perder una oportunidad así, de ver en persona a los legendarios y pintorescos Fighting Irish frente a sus propias raíces y herencia, sería algo que probablemente jamás me perdonara. Por muy fan de Alabama que uno pueda ser.

 

Ante todo, quien subscribe es fan de college football por encima de cualquier fanatismo, predilección o sentimiento. Sin duda, esta es otra de las razones por las que un servidor consideró como preferente tal oportunidad; Sentir en tus propias carnes la atmósfera, esplendor y tradición de un sábado de otoño cualquiera en América, aunque fuera en suelo irlandés. Creo que fue en el tomo o en la propia colección de DVD’s de Rites of Autumun (una obra imprescindible), donde leí o escuché una anécdota interesante que pone de manifiesto todo este sentimiento. Una persona determinada se dirigía en autobús a un destino, mientras su compañero anónimo de asiento tarareaba uno de los clásicos “fight-songs” de college. Éste, tras reconocer la melodía, le preguntaría con complicidad: ¿Es qué es esa su alma máter? La respuesta no se hizo esperar: No, solamente estoy entusiasmado de que arranque ya la temporada.

 

Jamás me esperé que esa sensación se mostrara tan digamos tangible y penetrante como sólo unos pocos privilegiados pudimos disfrutar. Digo privilegiados, porque realmente así me sentí, un auténtico privilegiado. Resulta curioso (y aún más fascinante) que así me sintiera, teniendo en cuenta que mi portal de casa, aquí en Cantabria con el centro de la capital irlandesa, únicamente estén separadas con comodidad en apenas tres horas.

 

 

Como anteriormente señalé, el college football es tradición, áurea y pasión. Aunque alguno incluso me lo rebatiera, quienes mejor que Navy y Notre Dame (ambos sinónimo de college para quien subscribe), la rivalidad más ancestral y longeva (incesante desde 1927) de todo el escaparate college football, para tener la oportunidad de percibir los auténticos valores y sensaciones de college.

 

Es cierto que a nivel competitivo y atlético, las series distan con verdadera importancia de aquella gloriosa etapa durante la Segunda Guerra Mundial y la post-guerra, cuando la academia naval contaba con jugadores de la talla de Joe Bellino o Roger Staubach, ambos Heisman Trophy, sin embargo, desde que los Midshipmen rompieran con la longeva racha de 43 años siendo derrotados por los Irish, después de aquel celebre upset del 2007 con prórroga incluida en South Bend, Navy se ha llevado tres de los 5 últimos enfrentamientos en estas series y en los últimos años, la academia siempre se ha caracterizado por conjuntos de gran éxito (8 billetes para bowls en 9 años), muy disciplinados (3 años liderando el país con el menor número de penalizaciones), con corazón y perseverancia, de esos equipos que te hacen sudar y trabajar la victoria. De todos modos, el aspecto que personalmente más me preocupaba (pensando en el atractivo e interés competitivo del partido) era que Notre Dame había dispuesto de todo el mes de Agosto para preparar la Triple-Option y hay quien asegura que con tiempo y medios, la adaptación suele ser mucho más natural y placentera.

 

Jueves, toma de contacto y noche de farra…

 

Volviendo a la propia excursión y experiencia en si, que es lo que nos ocupa, la realidad es que preparar el viaje (como destino turístico) fue cosa de investigar apenas unos días. Todavía no tenía el placer de conocer Dublín ni la célebre hospitalidad irlandesa, y sinceramente, no tenía intención de abandonar la ciudad o buscar alguna escapada, por muy atractivo que fuera la campiña irlandesa y sus costas. Apenas teníamos unas horas tras aterrizar la tarde del jueves para dedicar a la ciudad y conseguir tener una idea general de lo que nos puede ofrecer. Lo bueno es que Dublín es pequeñito y acogedor, y va a ser verdad eso que dicen de que tiene algo especial que acaba seduciéndote.

 

Llegamos a eso de las 5:30-6 a la T-1 de Dublin y ya se podía palpar auténtico ambiente de college, con la fila del check-in de pasaportes para no-europeos a rebosar de americanos luciendo los colores de los Fighting Irish. Ataviado con tinte Crimson Tide por mi parte, pude percibir varias miradas de sorpresa y cierta incredulidad, mientras me dividía en dirección a la fila para residentes europeos. Mientras esperábamos al autobús número 16 en dirección al cruce entre Dorset y Upper Gardiner Street en el barrio de corte georgiana de la división norte del río Liffey, exactamente donde se encontraba nuestro alojamiento, una chica (quien inicialmente creí local, tras preguntarla por el sistema de autobuses dublinés y sus particulares cestas) se me acercó al verme con los colores de Alabama, interesándose por mi procedencia y si tenía objeto de asistir al partido del sábado. Luego ya comprendí que era americana y fan de Iowa State.

 

 

Lo cierto es que la tarde-noche del jueves ciertamente me llegaron a “saturar” con el particular y famoso saludo carmesí, nuestro célebre “Roll Tide”. Cuando bajamos paseando hasta el 56 de Merrion Square a O’Connell House (digamos la delegación y las oficinas de la comunidad de Notre Dame en la ciudad de Dublín), con objeto de interesarnos por las entradas del Pep Rally del viernes, mi hermano, quien me acompañó en el viaje, no dejaba de insistirme en el hecho de si me estaba percatando que mucha gente no paraba de saludarme. La verdad es que acostumbro a vestir en determinadas ocasiones los colores, transparentes por nuestros lares y me había olvidado por completo del contexto, en mi objetivo por llegar a tiempo y conseguir entradas. Respecto a estas, un chico de UND acudió a atender con sigilo mi llamada a la puerta, informándome que no le sería posible venderme ninguna en ese instante por razones de seguridad y que debería volver mañana bien pronto a eso de las 9 de la mañana. Tras un señor paseo, se me quitaron las ganas de volver a intentarlo la mañana siguiente. Tenía la intención de no perder tiempo el viernes para así hacer algo de turismo, conocer la ciudad y aunque sea, me acercaría al Pep Rally de Navy en el parque de Stephen Green, junto a Grafton Street, aparentemente gratuito y al aire libre, con el objetivo de conocer la tradición y por simple curiosidad ante tal evento.

 

El resto de la tarde-noche continúo entre varias pintas rubias en Temple Bar (hasta que descubrí las Irish Ale, especialmente Smithwick’s), y también nos acercamos a The Church, una antigua iglesia reformada y transformada en un elegante bar-restaurante. Los saludos ya no cesaron ni un instante, especialmente entre los seguidores de los Irish (creo que les hacía ilusión entonar con su característico acento el “Roll Tide”). En muchos pubs la gente se acercaba a saludarme y preguntar qué narices hacía yo allí, incluso los aficionados de Michigan, quienes, por cierto, se aproximaron con mucho respeto y educación. Hay quien parecía conocerme de toda la vida tras localizarme según entraba en el pub y ofrecerme un “high-five”, preguntándome como me trataba la vida. Mi réplica fue contundente, con clase, educación y orgullo; siempre tuve mucho respeto por los Wolverines, pero el sábado en Arlington será un “beatdown”. Ciertamente, no fui nada desencaminado.

 

En el pub más representativo y tradicional del área de Temple Bar, se podía respirar toda la esencia de un tradicional ambiente 100% irlandés, con actuaciones en directo, aunque cierto es que musicalmente éstos también se adaptaron a la mayoría de su especial clientela del fin de semana. Acabaríamos la noche en una pequeña discoteca en dirección a Bank Plaza. Disfrutamos como enanos bajo una aleatoria lluvia de espuma sobre su pista de baile, nos reímos con cada cual que se nos acercó, aunque decidimos retirarnos a tiempo, con el objetivo de poder atender con cordura al desayuno apalabrado la mañana siguiente con nuestra anfitriona del B&B.

 

Mañana del viernes, conociendo la ciudad…

 

 

El viernes por la mañana visitamos Kilmainham Gaol y Guinness Storehouse, dos visitas imprescindibles para todo aquel que desee adentrarse en esta ciudad. Kilmainham es una antigua cárcel y el lugar que mejor representa la lucha y el sufrimiento por la libertad del pueblo irlandés frente a los ingleses. Varios héroes y rebeldes del pueblo Irish fueron fusilados bajo estas paredes por las tropas británicas. En este especial y significante emplazamiento se rodó también la célebre película “En el nombre del padre” (nominada a siete premios Oscar), mientras que su original estructura y organización sirvió como referencia para las principales cárceles Americanas de la época. Sobre la fábrica Guinness, orgullo, santo y seña de Irlanda, poca presentación será necesaria, salvo las refrescantes pintas (nos sacamos una extra) que pudimos disfrutar en su Gravity Bar, mientras los fans americanos sólo se preocupaban por señalar la ubicación del Aviva Stadium en el horizonte de la ciudad. En ambos destinos turísticos, los seguidores de Notre Dame y Navy se contaban por centenares, copando perfectamente un 80-90% de sus asistentes. Lo cierto es que encontrabas especialmente seguidores de Notre Dame hasta debajo de las piedras, eran una “epidemia” perfectamente integrada entre los propios habitantes dublineses.

 

 

La siguiente parada en nuestro fugaz tour fue el Trinity College y su preciosa biblioteca centenaria (data de 1712), única en el mundo y que guarda bajo sus paredes el célebre Book of Kells, manuscrito del siglo VI y considerado por muchos especialistas uno de los más importantes y bellos de la humanidad. Nuestra visita aquí se vio momentáneamente interrumpida por la llegada de un coronel y/o sargento de la academia naval (fui incapaz de distinguir su rango debido a mi ignorancia). El caso es que el personaje en cuestión debía representar un alto cargo, ya que se exhibió con más de cinco escoltas tras sus espaldas (de esos gorilas con pinganillo), haciendo gala de sus múltiples condecoraciones, además de llegar arropado por diferentes militares. En el momento que se dirigieron a la cabina que alberga el Book of Kells (les habilitaron la sala de forma privada), un aficionado americano aprovechó su paso para preguntarle si animaría a Navy el sábado. Su respuesta se resumiría con un contundente “por supuesto”.

 

Tarde del viernes, el Pep Rally…

 

Finalizada nuestra planificación turística, el siguiente objetivo era conseguir merchandising conmemorativo del clásico. Aquí llegó la gran y principal decepción del fin de semana. Apenas hubo material interesante y lo poco que había, resultaba ciertamente caro. Grafton Street, que parte desde la estatua de Molly Malone, como principal calle peatonal orientada al comercio, disponía de una tienda oficial del Emerald Isle Classic con productos licenciados, sin embargo, su oferta fue muy pobre y muy poco diversa, algo que cuesta creer con la cantidad de merchandising que habitúan ambas instituciones. Fue algo que debatimos entre nosotros y que probablemente encuentre explicación en la exclusividad del evento y sus organizadores, pero el caso es que aquí la organización suspendió con creces, después de que todos y cada uno de los eventos del fin de semana estuvieran detallados al milímetro. Sin embargo, me compré una camiseta muy chula de los Fighting Irish (no lo divulguéis demasiado), un par de banderines conmemorativos del enfrentamiento y diversos souvenirs de Irlanda.

 

Para entonces, Álvaro y Josu ya se encontraban “in-town” (Alex y Sanvi también desde hace varias horas, pero no conseguí comunicarme con ellos) y el punto de reunión fue las 7 de la tarde frente a la entrada del céntrico Trinity College. Mientras esperábamos, las jóvenes cheerleaders de Navy y su mascota, The Goat, quien me saludo efusivamente con un “high-five”, pasaron junto a nosotros en dirección al Trinity College tras finalizar su correspondiente Pep Rally. Llegaron los dos “mosqueteros” y no malgastamos ni un minuto extra con las presentaciones, dirigiéndonos inmediatamente al O2 Arena con el objetivo de que sonara la flauta y pudiéramos acceder al tradicional Pep Rally (digamos una arenga pre-partido) de los Fighting Irish. No había grandes expectativas, pero el hecho de saborear el ambiente y darnos un garbeo, como Josu sugirió, nos decidió a probar fortuna.

 

 

Aunque nos regaláramos un señor paseo de prácticamente media hora por el lado este de la ciudad, probablemente el más moderno, realmente se hizo placentero (sólo el empedrado de adoquín lo hizo incomodo en determinados momentos), aunque las dudas emanaron y solamente una masa de seguidores de Notre Dame, nos confirmó el hecho de que seguíamos la dirección correcta junto al rio Liffey. Finalmente apareció el O2 (menos imponente y vanguardista de lo que originalmente presagiaba) y sin entradas, frente al auditorio, nos encontrábamos los cuatro perdidos cual pulpo en un garaje. Entonces comenzamos a tantear el ambiente y ligeros signos de reventa comenzaron a aparecer, con la policía dublinesa a escasos metros, aunque creo que más pendiente del orden público que otra cosa. El que más ilusión profesaba por conseguir billetes era Josu, algo normal como seguidor acérrimo de los Irish. No dudamos en alentarle para que aceptara la única oferta que había llegado hasta nuestros oídos. Una localidad de asiento por 10 euros, regalada, cuando su precio real en taquilla era el doble. Nos llegó otra oferta (inicialmente 2 por 25), pero si la aceptábamos, nos obligaba a buscar una última para cubrir definitivamente el cupo y nadie aseguraba que así fuera. Entonces una seguidora de los Irish obsequió a Álvaro (incrédulo ante la ocasión) con una de las invitaciones que la sobraba y sin pedirle ni un solo euro a cambio. Sí señor, gran clase por parte de los seguidores de los Fighting Irish, me quito el sombrero. Entonces como un resorte me dirigí a nuestro anterior reventa, quien atento a la jugada, no se bajaba ahora de la burra de los “30 bucks” (por las dos). Sabía que estaba obligado a aceptársela (de todos modos, siendo todavía un buen negocio, recuerdo que originalmente salieron a 20 euros) y de ese modo, entonces, nos adentramos en el auditorio, con una sonrisa de oreja a oreja para disfrutar del Pep Rally de Notre Dame, un evento (inédito para nosotros) que sería emitido por la televisión nacional irlandesa RTE y al resto del mundo a través de YouTube.

 

 

El show realmente resultó muy entretenido y diverso, mezclando conceptos originales de un tradicional Pep Rally del otro lado del charco con la propia herencia irlandesa, en un auditorio abarrotado (más de 9.000 espectadores) pero que resultó súper cómodo y con perfecta visibilidad. He de confesar que me impresionó de verdad la energética puesta en escena de Leprechaun, liderando la entrada en fila india por cada extremo del escenario de cada uno de los componentes de la marching band de Notre Dame y su poderoso sonido dentro de la sala (muy diferente al que se experimentó en el estadio). Fue todo un espectáculo disfrutar de una de las bandas más antiguas de college. También pudimos deleitarnos con folclore local, danza, actuaciones en directo, la propia banda de música del evento o diversas entrevistas, donde estuvo presente el primer ministro de Irlanda, el padre John Jenkins, presidente de la universidad, o el director atlético, John Heisler, quien explicó rotundamente en que consistía NDU y college football. Según su opinión, sólo hay que comprobar toda la gente que había cruzado el charco (se estimaron 40.000) o el mero dato que dice que South Bend lleva colgando el cartel de no hay billetes ininterrumpidamente cada semana desde 1964. Un testimonio abrumador. De todos modos, echamos en falta la intervención del coach Brian Kelly o algunas de las estrellas de los Irish como el LB Manti Te’o o el TE Tyler Eifert. Entiendo que el hecho de que fuera dirigido principalmente a un mixing de público irlandés y/o americano, obligó a que el Pep Rally se adaptara a la propia cultura local. Sin ir más lejos, el evento estaba promocionado por The Gathering Ireland 2013, una especie de expo para atraer a la patria a los más de 70 millones que reclaman ancestros irlandeses.



Para eso de las 11 aparecimos por Temple Bar con el objetivo frustrado de encontrar restaurante. Durante nuestra ardua búsqueda nos topamos sorprendentemente con dos personajes de renombre y caché: El célebre comentarista de los Sunday Night Football de la NBC, Cris Collinsworth, todo un auténtico gurú, y el antiguo tackle de los Irish Mike Golic, con quien Josu estaba mucho más “familiarizado”. No dudamos ni un instante en saludarlos personalmente y tomarnos una foto con ellos. Especialmente Cris me pareció súper simpático, terrenal y amable, todo un honor conocerle. Finalmente acabamos poniéndonos hasta el gorro de comida rápida en un Papa John’s (si, el mismo de los intermedios de la televisión americana), tomamos una pinta y nos retiramos pronto para la cama que al día siguiente estábamos frente al esperado Gameday.


Mañana del sábado, misa y tailgating…


Sabíamos que la jornada sería larga, cual bendición. Estábamos ante el gran día. Todo había sido muy bonito y placentero hasta entonces: el ambiente, la ciudad, su colorido, las visitas turísticas, el pep rally, etc., pero estábamos ante ese día que llevábamos esperando desde hace nada menos que dos años; Era sábado de Gameday.



Configuramos nuestras alarmas a eso de las 7:15 de la mañana. Nos duchamos y algunos incluso nos ataviamos nuestros colores para tal ocasión (mi hermano, acostumbrado al soccer, incluso se llegó a inquietar porque fuera vestido de tal guisa). Desayunamos como tigres (a base de tostadas, café y zumo) y en O’Connell Street, Josu, Álvaro, mi hermano y quien subscribe, cogimos un taxi-furgoneta conjunta en dirección al castillo de Dublín para no perdernos ni ápice de la tradicional misa pre-partido de los Fighting Irish. Allí mismo nos reunimos con Alex McCabe y su compañía. Apenas pudimos cruzar palabra por respeto a la misa (al aire libre) que impartía el arzobispo de Dublín y a los miles de fieles que así la disfrutaban. Antes justo en la entrada al castillo, un chico con la apariencia de Jimmy Clausen (antiguo QB de UND), me obsequiaba con el programa oficial de la misa para no perderme detalle. He de confesar que no me considero católico como tal, mucho menos practicante, pero la atmósfera que se respiraba, con la plaza repleta de seguidores de los Irish, era de eso, gameday.



Mientras observaba con educación al horizonte y escuchaba la misa, un seguidor de los Fighting Irish de cierta edad, se me aproximó y me preguntó al oído si no debería estar en The Big-D. Sonreí y con gracia le aclaré que me había equivocado de vuelo y partido. Simplemente me devolvió la sonrisa y continúo disfrutando de la misa con su (muy probable) hija. Momentos después, en el clásico saludo entre hermanos, me dedicó un “Roll Tide” al mismo tiempo que me estrechaba su mano. Hubo también tiempo para que pasaran la cesta de la recolecta (debo confesar que Josu fue muy tacaño), para que algunos, como el propio Josu, se comulgarán e incluso para dedicar el alma-máter a Notre Dame y cerrar así la misa de las 9 de la mañana.



La Marching Band de Notre Dame literalmente nos escolaría todo Dame Street en dirección al Bank of Ireland para adentrarse así en los pubs de Temple Bar (área oficial de los Irish para disfrutar de su tailgating). Este sin duda, fue uno de los momentos que más me impresionó. Los seguidores de Notre Dame sencillamente invadieron una calle principal con tan importante tráfico como Dame Street. La circulación tuvo que detenerse a nuestro paso, mientras desde las ventanas se gritaban con voracidad los característicos “Go Irish!” e incluso una chica, tapada con el edredón y recién levantada de la cama, observaba con asombro (y cierta confusión) junto a su ventana. Devolví un instante la mirada hacia atrás y contemplé una impresionante marea verde en mi dirección. Parecía que hubieran trasladado South Bend a Irlanda.



De nuevo en la puerta de Trinity College, quedamos con Marc y su acompañante. Una vez realizadas las pertinentes presentaciones, nos dirigimos a tomar unas pintas y disfrutar del tailgating. Temple Bar estaba a reventar, lleno de colorido y alegría. Un ambientazo. Pedimos unas pintas de Budweiser Ice Cold en Farrington’s, mientras observamos que se empezaba a definir una línea a ambos lados de la calle al fondo de Fitzimons. A las 11 en punto de la mañana por ahí pasaría la Marching Band de los Fighting Irish, liderada por Leprechaun. Previamente, Sanvi (cámara en mano) y su hermano, finalmente aparecieron con el rumbo perdido y camuflados entre toda la muchedumbre de Temple Bar. Conseguí reconocerles. Ya estábamos todos.



Tarde del sábado, el partido…


Sanvi nos explicó que el viernes estuvo en Donnybrook presenciando un encuentro de high-school y que sencillamente flipó ante una atmósfera auténtica de Friday Night Lights, con todo el mundo exaltado protestando a los cebras y con los padres de los chicos pintorescamente “customizados” con los rostros de sus retoños. Tras saborear la pinta y disfrutar de la marcha por Temple Bar de la Marching Band de los Irish, decidimos no malgastar demasiado tiempo en el tailgating y dirigirnos al estadio. Había lanzaderas gratis disponibles desde Bank Plaza y hasta allí nos dirigimos. Mientras tanto, Sanvi se me acercó, interesándose por el potencial real de Alabama y si seríamos capaces de superar toda la “espantada” a la NFL. Le comenté con franqueza que los Tide estamos ahora a otro nivel, que Saban recluta como una máquina y que seguimos disponiendo de toneladas de talento y profundidad. Realmente no esperaba esa caída (a nivel competitivo) que muchos expertos sugerían tras todas las marchas sufridas. Horas más tarde, el encuentro ante Michigan así nos lo confirmó.

 

Los saludos de los fans dedicándome un “Roll Tide” continuaron en el tailgating y subidos “upstairs” en el autobús, Sanvi bromeó que el autobusero había demandado entregar al seguidor de Alabama y si no, no arrancaba. Nos reímos.



Mientras observábamos relajados desde las ventanas del autobús las calles dublinesas y sus “cableadas” cornisas (los americanos flipaban), pensamos que, ciertamente, el viaje hubiera sido todo un “pateo” si no fuera por estos “shuttle-bus”. No supimos cortesía de quien, pero poco importó, el servicio estaba compensado. Llegamos al Aviva y el ambiente ya era frenético; multitud de puestos ambulantes con bufandas, venta de programas del partido (caros y un tanto pobres), hot-dogs, redbull y bolsas de patatas gratis, etc. Los fans dirigiéndose al estadio (con el Aviva en el horizonte) se contaban por miles, mientras se nos cruzaban equipos de high-school, cadetes o componentes de su marching band. Los porches de las casas a ambos lados de la calle, recordaban a fraternidades universitarias con banderas de Loyola o Navy.


Era un ambientazo de college. Un placer respirarlo. Los que tenían experiencia en Wembley con los pros de la NFL (Josu, Sanvi o Álvaro) aseguraban que esta atmósfera de Dublín no tenía nada que ver. Según ellos, en Londres encuentras a cada uno de una “madre” y gente de cualquier rincón de Europa, mientras que la diferencia aquí la marcaban los 40.000 americanos (estimados) que se habían desplazado para la ocasión.


Salvo Sanvi y su hermano, el resto teníamos que seguir la “Green-route” para encontrar nuestra puerta de acceso al Aviva. Algunos andábamos ya que explotábamos por deshacernos de “nuestros líquidos” y ante tanta policía y muchedumbre, con bastante sufrimiento encontramos una bendición de esquina entre varios arbustos para aliviarnos, de lo contrario, seguramente no hubiéramos ni llegado hasta la puerta. Mientras tanto, seguidores de los Irish, con dirección al estadio y también embriagados por la atmósfera, me señalaban con incredulidad, expresando algo así como “Mirad, incluso hay fans de Bama!”. Para entonces, nuestro padrino de boda, el caballero Josu Arrieta, repartiría a cada uno de nosotros sus entradas individuales y allá nos dirigimos, previo check-in de los stewards.


Tras pasar los tornos y adentramos en la elegantísima antesala de nuestra tribuna, no pudimos resistirnos a la tentación de acceder a la misma y así disfrutar de la privilegiada vista que se nos ofrecía. Me sentí como el padre de Rudy cuando accede al graderío de South Bend por primera vez. El sueño se había cumplido y además, teníamos a la banda de los Fighting Irish justo debajo de nuestros pies (hasta ahí llegarían los jugadores para honorar su alma-máter). No paramos de hacer fotos cual japonés.



He de decir que me confundí de bloque (ni fila ni tampoco número) e “invité” a un niño (probablemente irlandés) a que se levantara de mi supuesto asiento ocupado. Con mucha educación, su padre me indicó que mi bloque exactamente era el 312 y no el 314, donde ellos se encontraban. Le pedí disculpas (un lapsus) e inmediatamente comprendí que el graderío se estructuraba en forma de “anillo”. No faltó el cachondeo de Josu al pasar junto a su asiento, insinuando irónicamente si nos habían echado.



Sencillamente el estadio era precioso, moderno y muy cómodo, pero un punto negativo fue la pobre comida y cerveza ofertada. Esa hamburguesa de pollo desmenuzada o como fuera, era cualquier cosa menos eso, una hamburguesa y de cerveza rubia únicamente servían Carlsberg (no soy muy fan de ella). Lo único que estuvo medianamente bueno eran las bolsas de patatas que compramos por un euro. El chico irlandés a mi izquierda ya me avisó que disfrutaría con ellas.



En cuanto al partido en sí, poco cabe reseñar. No creo que me aburriera, ni mucho menos (realmente disfruté con el encuentro), pero la superioridad de los Fighting Irish fue patente desde el primer drive. La clave fue la línea ofensiva de los Irish, liderada por el tackle Zack Martin, que superaron en fuerza, poder y tamaño al, inferior en dimensión (o comúnmente definido por los yankees como undersized), frente defensivo de los Mids, liderando un juego terrestre, donde incluso un desconocido Cam Daniel (listado oficialmente como CB en el roster) pareció All-American. Me gustó mucho Theo Riddick como puro runningback, se le vio muchísimo más cómodo y natural que en el slot, y junto con George Atkinson, los Irish consiguieron construir gran profundidad en una unidad de runnigbacks que inicialmente aparentaba mermada, pero que finalmente ni echaría en falta a su runningback titular, Cierre Wood, suspendido para esta semana.



Muchos halagos por parte de la Irish-Nation recibiría el quarterback novato Everett Golson (inédito hasta la fecha), pero permítanme decirles que el paquete de jugadas que el coach Brian Kelly le puso a su disposición fue muy sencillote y plano (a lo game-manager), con constantes quick-outs y screens (especialmente en los primeros compases del partido) para que así ganara ritmo, buscando a todo un seguro como el TE Tyler Eifert, quien se pasó parte de la tarde abierto de split-end (¡qué gran jugador es este!). El mejor ejemplo fue el touchdown de este mismo en un “jump-ball” (superando con sus brazos por altura a tres rivales) en la endzone justo sobre nuestra esquina, a pesar de que todo el estadio supiera de antemano la jugada que ejecutarían (básicamente porque intentaron idéntica acción anteriormente). De todos modos, Kelly fue muy inteligente protegiendo a su quarterback novato, le obsequió con multitud de repeticiones y el hecho de jugar bajo una atmósfera con sabor a bowl-game, supuso una experiencia fabulosa para el chico. Sencillo y cómodo, pero correcto inicio.



Defensivamente, ¡qué decir del amigo Manti Te’o! Omnipresente, liderando emocionalmente a la defensa y placando con determinación y poderío. Asistimos a la primera intercepción de toda su carrera colegial (creo que fue Alex quien nos cedió el apunté in-situ tras el partido), además de recuperar un fumble (leo ahora que también estaba inédito en esta faceta) y sumar un total de 6 placajes combinados. Probablemente uno de los dos o tres mejores linebackers interiores de todo el país. El front-seven de los Irish ciertamente me sorprendió con Lewis-Moore poniendo constante presión “off-the-edge” y la combinación interior entre Nix y Tuitt (éste último con sus 6-6 y 300 libras retornaría un fumble 77 yardas para touchdown), causaron auténtica pesadilla a la siempre complicada triple-option de Navy. Especialmente me impresionó el end Stephon Tuitt.


Lo peor de los Fighting Irish fue su grupo de cornerbacks, quemados y desdibujados en todo momento por los receptores oponentes de los Mids y hay que recordar que éstos no contaban con su estrella Brandon Turner, suspendido previamente. Otro apartado donde los Irish podrían estar ligeramente preocupados es en el puesto de place-kicker, después de que fallaran dos puntos extra.


Ciertamente la academia consiguió mover el balón por instantes (sorprendentemente incluso por aire), pero los turnovers y que sencillamente fueran incapaces de detener el ataque oponente, fue una losa demasiada grande. Los Irish se impusieron con suficiencia sobre la línea de scrimmage (a ambos lados del balón) y siempre que los Mids encontraron un pequeño ritmo de juego sobre el que poder traducir en puntos, Notre Dame lo estropearía. Con un field-goal al filo del descanso y una anotación rápida, tras quemar consecutivamente a la secundaria de los Irish (me lo perdí hablando en la antesala con un seguidor de UND que venía desde Miami, aunque pude echar un ojo a la repetición de la CBS en uno de los monitores del pasillo), Navy encontraría un ligero momentum por volver al partido. Apenas duró un instante.



Parece que el quarterback Trey Miller jugó “tocado” desde los primeros instantes del encuentro. Esto y que los Irish consiguieron desdibujar la triple-option naviera, obligó a que Miller ejecutara demasiados drop-backs, algo que acabó sacándole emocionalmente y esquemáticamente del partido. Se le notaba incomodo y poco ortodoxo en cada una de sus acciones tras el center.


Salimos del graderío comentando el partido y nuestras impresiones generales. Josu, Marc y Alex llegaron ligeramente sacando pecho (aunque Josu me asegurara que él mismo hubiera corrido aquella tarde), mientras que aproveché para recalcarles lo placentera y cómoda que se les había dado el clásico de la isla esmeralda. Al fin y al cabo era el infiltrado del grupo. Un follonero al uso.



Cuando nos dirigíamos a los túneles de salida para coger el autobús de vuelta, un aficionado de avanzada edad de Navy se me acercó con ligera curiosidad tras observar mis colores Crimson Tide. La mujer que le acompañaba no paraba de insistir que era el peor partido de la academia que jamás había visto. Se la veía tremendamente frustrada. El señor me dijo que la gorra que vestía era de estilo “houndstooth”, a lo que le respondí que si, que la herencia de “Bear” Bryant era muy acentúada, pero que era demasiado joven para conocer aquella época. Cuando le dije que venía desde España no se lo podía creer. Nos despedimos con un “Roll Tide”.


Con los cadetes asaltando la noche dublinesa (al estilo band of brothers en Australia), el resto de la tarde concluiría con una cena conjunta en Temple Bar, en un variopinto restaurante checo que entre todos los presentes se labraría un perpetuo misticismo (debo confesar que disfruté de mi fish&chips completamente abstraído). También hubo tiempo para que encontráramos a nuestra particular chica del viaje. Una irlandesa a la que bautizamos como la “pesada”. Estos últimos detalles forman ya parte de nuestro material oculto, que quedará para la posterioridad en la ciudad. Porque lo que ocurrió en Dublín, allí quedó, en Dublín ¿No es así?


Por último me gustaría agradecer la amabilidad, gracia y compañerismo de Josu, Álvaro, Alex, Marc, Sanvi, su hermano, el mío y por supuesto, las acompañantes de Alex y Marc. Conseguimos reunir un grupo fantástico de entusiastas y gente a la que la apasiona esto, que disfrutaron como niños con zapatos nuevos. Todos ellos convirtieron la experiencia en irrepetible y en algo que perdurará en nuestro recuerdo. Sólo espero que no pase demasiado tiempo (mucho menos los 16 años que los Irish tardaron en volver a su tierra ancestral) para disfrutar de otra nueva oportunidad tan mágica como esta.


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Israel Llata
Israel Llata es natural de Maliaño, una localidad de Santander (Cantabria). Ingeniero informático de profesión y aficionado al fútbol americano desde mediados de los años 90, asombrado por la habilidad atlética del quarterback Steve Young y aquellos exitosos 49ers. En los últimos tiempos centraría su mirada sobre un desconocido pero excitante college football, destapando su corazón como entusiasta aficionado de Alabama, una institución a la que rinde culto. Analiza en su columna semanal la jornada universitaria desde 2007. @israel_lata

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