Vince Lombardi

1839

En más de una ocasión, Herb Adderley, cornerback de los Green Bay Packers  (1961-69) y miembro del Hall of Fame, ha admitido que no pasa un día sin que piense en Vince Lombardi. Muchos otros de sus ex jugadores le atribuyen cualquier éxito en su vida posterior a la NFL. Los grandes entrenadores en la historia del fútbol americano tienen todos fantásticos balances de victorias y derrotas, pero esta dimensión extra de Lombardi es lo que le separa del resto, nadie ha influido tanto en sus jugadores como el mítico head coach de los Packers.

LOS INICIOS

Nacido en 1913 en el seno de una familia católica en Brooklyn, Nueva York, Lombardi aprendió ahí muchos de los valores que luego trasladaría al terreno de juego. En la Universidad de Fordham comenzó a mostrar su dedicación absoluta en todo lo que se proponía, siendo una estrella en el equipo de fútbol americano (como parte de los míticos «Siete Bloques de Granito» como se le llamó a su línea ofensiva) y graduándose con la calificación máxima, Cum Laude.

Tras varios años dedicados a la enseñanza (latín, álgebra, física y química) en el instituto de St. Cecilia en Nueva Jersey, donde también entrenó los equipos de fútbol americano, baloncesto y béisbol, Lombardi comenzó a trabajar exclusivamente en el fútbol americano en 1947 cuando fue reclamado por su alma mater, Fordham.

Dos años después dio el salto hacia la Academia Militar de los Estados Unidos, Army, donde aprendió de uno de los grandes entrenadores de la historia del fútbol colegial, Earl Blaik. Lombardi asimiló del «Coronel» (como le apodaban) la idea de insistir con simples jugadas ejecutadas con la máxima precisión, un concepto que le reportaría numerosos éxitos en la NFL.

Su primer destino en la National Football League llegaría de la mano de los New York Giants en 1954. Como asistente de Jim Lee Howell, Lombardi se encargó fundamentalmente del ataque. Su primera decisión fue apartar a Frank Gifford de la defensa para que se centrase en el aspecto ofensivo. Bajo su batuta, Gifford se convirtió en una de las grandes estrellas de la competición, liderando a los Giants hacia el título de 1956, año en el que además fue nombrado MVP.

LOS PACKERS

Tras una apurada derrota contra los Colts en el encuentro por el campeonato de 1958, Lombardi ya había tenido suficiente como entrenador asistente y cogió las riendas de los Green Bay Packers, un equipo histórico que había caído en un pozo sin fondo en las temporadas anteriores. La franquicia de Wisconsin no conseguía una temporada con récord positivo desde 1947, y venía de una penosa campaña de 1-10-1 en la que fue el conjunto que menos puntos anotó y más encajó. Pese a su legendaria determinación, Lombardi dudó en un primer momento aceptar la oferta de los Packers, pero una vez que firmó su contrato -a los 46 años de edad- se dedicó al 100% a rescatar al equipo.

En su primer año Green Bay dio un cambio radical, ganando sus tres primeros choques camino de un registro final de 7-5 que auguraba tiempos mejores para los queseros y que le valió para ser nombrado entrenador del año. La adquisición de jugadores como Boyd Dowler, Willie Wood, Emlen Tunnell y Willie Davis mejoró claramente la plantilla, pero Lombardi sabía que el éxito del conjunto dependía de la progresión de su quarterback, Bart Starr. En cada entrenamiento Starr era forzado al límite por su head coach, y la presión terminó dando fruto en 1960, cuando el QB se ganó su primera invitación para la Pro Bowl.

Los Packers dieron un salto de calidad en ese mismo año, avanzando hasta el partido por el campeonato ante los Eagles. Ese día, Chuck Bednarik impidió el título para Green Bay con su histórico placaje sobre Jim Taylor en la última jugada del encuentro, pero en las dos campañas siguientes nadie podría parar a las huestes de Vince Lombardi.

En 1961 un récord en temporada regular de 11-3 precedió la paliza por 37-0 propinada a los New York Giants en el partido por el título. En 1962, los Packers formaron un bloque casi imparable que apenas cedió un solo encuentro, en la semana once ante los Lions. Lombardi «agradeció» esa derrota, pues quitó la presión de completar una temporada perfecta, y Green Bay procedió entonces a ganar el resto de sus partidos, incluído de nuevo el encuentro final, otra vez contra los Giants, que en esta ocasión se saldó con un más ajustado 16-7 en favor de los Packers.

El balance de puntos en el año 62 explica bien a las claras el dominio del equipo de Lombardi: 415 tantos a favor (29.6 de media) por sólo 148 en contra (10.6). Utilizando la jugada favorita de su entrenador, el «power sweep», Taylor acumuló la friolera de 1474 yardas y 19 touchdowns vía terrestre (récord de la NFL en su momento). Aunque el dato más espectacular y que habla bien a las claras del liderazgo del head coach es que la mayoría de las estrellas de los Packers (desde Starr, pasando por Paul Hornung, Jim Taylor, Jim Ringo, Ray Nitschke, Forrest Gregg y Dan Currie por mencionar sólo algunos) estaban en el equipo antes de la llegada de Lombardi. Green Bay tenía el talento en su plantilla, pero faltaba el hombre que aunara esos esfuerzos individuales en beneficio de todo el colectivo.

Un año después los Packers continuaron en la élite de la competición, pero sus dos derrotas frente a los Bears de George Halas, las únicas que sufrieron en toda la campaña, les privaron de jugar por el título (en aquella época sólo los campeones de las dos divisiones existentes luchaban por el «anillo»). En 1964 fueron los Colts de Johnny Unitas los que se interpusieron en el camino de Green Bay.

La venganza llegaría unos meses más tarde. En un encuentro de desempate para dirimir el ganador de la división oeste en 1965, los Packers se impusieron a Baltimore en la prórroga por un apretado 13-10, aprovechando sin duda la precaria situación de los Colts en el puesto de quarterback, abocados por las lesiones a jugar con su runningback Tom Matte como director del ataque. Una semana después, Green Bay conquistó su tercer entorchado en la era Lombardi al batir a los Cleveland Browns (campeones en aquel momento) por 23-12 en un Lambeau Field azotado por la lluvia y la nieve.

Los Packers repitieron en 1966 al aguantar las acometidas de los Cowboys de Tom Landry en el partido por el campeonato. Una intercepción en la end zone sobre Don Meredith en los instantes finales preservó la victoria de Green Bay por 34-27. Los mismos equipos se volvieron a ver las caras en la final de la NFL de 1967, en el encuentro que pasaría a la historia como el «Ice Bowl».

THE ICE BOWL

Green Bay Packers 21, Dallas Cowboys 17
31 de Diciembre de 1967

La meteorología es una de esas cosas que hace el fútbol americano único entre los cuatro grandes deportes norteamericanos. El viento, el barro y la nieve no son sólo tolerados, sino que son recibidos como factores de interés cada vez que aparecen en un partido de la NFL.

Pero cuando los Green Bay Packers y los Dallas Cowboys se enfrentaron en el día de Nochevieja más frío jamás sufrido en el norte de Wisconsin, el tiempo no fue sólo un factor. Definió por completo el encuentro, relegando a dos grandes equipos, un par de legendarios entrenadores y el partido por el título de la NFL a papeles secundarios. La prensa lo hizo conocer como “The Ice Bowl” (“El partido helado”).

El nuevo calefactor fue derrocado por las árticas condiciones (veinticinco grados bajo cero sin contar la sensación térmica), y el terreno de juego estaba tan duro y liso como una pista de patinaje. El partido se jugó sin los silbatos de los árbitros, que habían quedado absolutamente congelados. El viento aullaba, creando remolinos con el vapor que salían de las bocas de los jugadores. Algunas simples rutinas, como lanzar y atrapar el balón, eran casi imposibles de realizar. Otras, como cortar lateralmente, eran una misión imposible.

Un quarterback sneak de Bart Starr en los instantes finales otorgó el triunfo a los locales por un ajustado 21-17 culminando un drive final espectacular teniendo en cuenta las condiciones y lo que estaba en juego. «Hazlo, y salgamos de este infierno de una vez.» Ésas fueron las legendarias palabras que Lombardi «dedicó» a su quarterback cuando acordaron en la banda realizar la jugada decisiva.

Lo que estaba en juego era el pase hacia la segunda Super Bowl, en aquel momento nombrada AFL-NFL World Championship Game. En la primera, celebrada el año anterior, los Packers no tuvieron problemas para derrotar a los campeones de la AFL, los Kansas City Chiefs, por el resultado de 35-10. En esta ocasión los Oakland Raiders fueron la víctima de los subordinados de Lombardi, el marcador 33-14. El legendario entrenador fue sacado a hombros por sus jugadores, en el que a la postre sería su último encuentro al frente de la franquicia de Wisconsin.

Tras una temporada dedicada únicamente a las labores de general manager del equipo, saldada con el pobre balance de 6-7-1, Lombardi decidió marchar de Green Bay y emprender una nueva aventura. Firmó con los Washington Redskins, otra franquicia histórica venida a menos, que llevaba catorce años sin un récord positivo. De nuevo, el head coach le dio la vuelta a un equipo y acumuló la respetable marca de 7-5 en su primer año en la capital.

Desgraciadamente sería el último. Un cáncer intestinal demasiado extendido para cuando se le diagnóstico se llevó su vida el tres de septiembre de 1970. Más de 3.500 personas atendieron la ceremonia de su entierro. Inmediatamente la liga decidió nombrar en su honor el título de campeón y le incluyó al año siguiente en el Salón de la Fama.

Lombardi no revolucionó el juego en la medida de Paul Brown, Tom Landry o del recientemente fallecido Bill Walsh. Al contrario, aprovechó las ideas y métodos de otros entrenadores. Pero nadie jamás ejecutó lo básico más a la perfección que Lombardi. Justo cuando el juego se estaba convirtiendo en más complejo, él lo simplificó. Y con sus éxitos, fueron los demás los que empezaron a prestar atención a lo básico. Su increíble determinación y deseo por ganar dejaron una huella tan profunda en sus jugadores y por extensión en toda la liga que nadie jamás ha podido igualar.

Muchas de sus frases siguen siendo utilizadas a día de hoy en los vestuarios de equipos no sólo de fútbol americano, sino de cualquier disciplina deportiva:

«Winning isn´t everything is the only thing». – «Ganar no lo es todo, es lo único».

«If you aren’t fired with enthusiasm, you’ll be fired with enthusiasm.» – «Si no te animas con el entusiasmo, serás despedido con entusiasmo.»

«You never win a game unless you beat the guy in front of you. The score on the board doesn’t mean a thing. That’s for the fans. You’ve got to win the war with the man in front of you. You’ve got to get your man.» – «Jamás ganarás un partido a menos que superes al tipo enfrente tuyo. El marcador no importa nada. Sólo vale para los aficionados. Tú tienes que ganar la guerra con el hombre que está frente a ti. Tienes que ganar a tu hombre.»

«To achieve success, whatever the job we have, we must pay a price.» – «Para alcanzar el éxito, en cualquier cosa que te propongas, has de pagar un precio.»

«Once you learn to quit, it becomes a habit.» – «Una vez que aprendes a rendirte, se convierte en un hábito.»

«It’s not whether you get knocked down, it’s whether you get up.» – «No se trata de las veces que te tiran al suelo, sino de las veces que te levantas.»

«They call it coaching but it is teaching. You do not just tell them…you show them the reasons.» – «Le llaman entrenar pero en realidad es enseñar. No les dices simplemente lo que tienen que hacer… has de explicárselo.»

«The harder you work, the harder it is to surrender.» – «Cuanto más trabajas, más difícil es rendirse.»

«If it doesn’t matter who wins or loses, then why do they keep score?» – «Si no importa quien gana o pierde, ¿por qué llevan la cuenta en el marcador?»